sábado, 10 de diciembre de 2011

Así arranca... Beautiful Rhodesia

Este es el primer párrafo del primer capítulo del debut novelero de Carlos Erice Azanza. Con ustedes, Beautiful Rhodesia.

I

Gracias a Dios, Daphne y las niñas ya estarán en Harare, con mis suegros. Allí se encontrarán bien. Libres y a salvo. Aquí todavía queda comida fresca y un montón de latas de conserva en la despensa. Sigue funcionando el agua corriente, que no es poco. Y aunque me corten la luz, aguantaré. Vaya que sí. Estoy preparado. Hace semanas que limpié y engrasé el M16, el viejo souvenir de mi padre de sus tiempos gloriosos en la Bush War. Hay munición del calibre 5,56 de sobra. La he guardado durante años y no he dejado de practicar de vez en cuando en el campo. Por si acaso. Que vengan, que vengan, que les estoy esperando. No voy a rendirme, no, no voy a entregar mis tierras sin pelear. Y no pienso dejarme matar como un puto perro. Como el pobre Allan Dickinson el año pasado.
Negros de mierda.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Más sobre Johnny Clegg

El otro día comentaba que la música de Johnny Clegg revolotea en torno a Beautiful Rhodesia. Pero si existe una figura que sobrevuela la novela, ésa es la de Nelson Mandela.

Sobrecoge ver la sonrisa perenne de este gigante físico y moral, capaz de reconciliar a su pueblo por encima de razas después de años de cárcel, muerte y apartheid, algo que no consiguió Robert Mugabe en Zimbabwe.

Por cierto, en nuestra tierra podríamos aprender mucho de este hombre sobre perdón y reconciliación.



Asimbonanga (No lo he visto)
Asimbonang 'uMandela thina (No hemos visto a Mandela)
Laph'ekhona
(En el lugar donde se encuentra)
Laph'ehleli Khona (En el lugar en que se encuentra)

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Carlos Aurensanz

En un artículo anterior sobre narrativa navarra dije de este veterinario tudelano que podíamos considerarlo como el Ken Follet ribero, por el extraordinario éxito de ventas de su primera novela Banu Qasi. Los hijos de Casio. Aparte de Ken Follet le llamé otra cosa que le hizo mucha gracia y que no voy a repetir, no vayamos a enfadarle.

Siempre me ha gustado la novela histórica. Considero que los buenos libros han de ser capaces de trasladarnos a otras épocas, a otros lugares o a otras almas. Pero hacía meses que no le hincaba el diente al género, por aquello de que tienden a ser obras voluminosas que te quitan tiempo para conocer a otros autores con textos más breves.

Sin embargo, atraído por el éxito y las buenas críticas, hace unas semanas me compré este primer volumen sobre el Al Andalus navarro y debo decir que no me ha defraudado. Siendo como somos una tierra con tantos siglos de historia, me apena lo poco que conocemos de ella.

Y Carlos Aurensanz ha novelado de manera prodigiosa y amena la génesis de nuestro Viejo Reyno, este Reyno que está a punto de conmemorar cinco siglos de su invasión por Fernando el Católico.

El otro día le leí en una entrevista que tiene ganas de salirse del género histórico, sin duda por el esfuerzo de documentación que exige acometer una obra de estas características y el corsé que supone ceñirse a unos hechos históricos concretos.

De todos modos, el tío ya tiene en la calle la segunda parte, Banu Qasi. La Guerra de Al Andalus, y debe de andar liado preparando el volumen que cierre la trilogía.

¡Qué cabrón!

martes, 6 de diciembre de 2011

Beautiful Rhodesia. Banda sonora


Andaba esta mañana escuchando una entrevista a un novelista de cierto éxito que, por cierto, no era manco al defender las excelencias de su libro, cuando le han preguntado sobre cuál podría ser la banda sonora de su novela. Ha reflexionado unos instantes y, como quien no quiere la cosa, ha hablado de no sé qué canción.

Yo también tengo preparada la respuesta a esa pregunta, desde el mismo momento en que empecé a escribir Beautiful Rhodesia.

Sin duda.

Johnny Clegg, gran músico sudafricano y tremendo activista antiapartheid.

Y su Scatterlings of Africa, esos vagabundos de África.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Sanz-Briz

Ayer vi un anuncio en TVE acerca de una película para televisión titulada El ángel de Budapest, próxima a estrenarse, y que será protagonizada por Francis Lorenzo, un actor cuyo talento creo que ha sido desaprovechado por la televisión y el cine español.

La peli está basada en la actuación de Ángel Sanz-Briz, encargado de negocios en la embajada de España en Hungría durante la Segunda Guerra Mundial. Este diplomático contribuyó a la salvación de centenares de judíos húngaros durante la época de la ocupación alemana. No fue el único diplomático europeo empeñado en tal tarea. De Sousa Mendes, Wallanberg, Gruninger u otro español, Santaella, entre otros, obtuvieron el reconocimiento del gobierno de Israel que les concedió el título de Justos entre las Naciones. También forma parte de esta lista el archiconocido industrial alemán Oskar Schindler.

Para salvar a los judíos del Holocausto, Sanz Briz se basó en el Real Decreto del Directorio Militar del general Primo de Rivera de 1924 que otorgaba la nacionalidad española a los judíos que pudieran acreditar su origen sefardí. Este decreto, junto con otro diplomático español, Javier Ruigómez, desempeñan un papel crucial en la trama de Beautiful Rhodesia.

Aquí dejo el trailer de esta película que, desde luego, presenta una excelente factura. El argumento es apasionante.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Patxi Irurzun

Supongo que por mi deformación académica económica, tengo la manía de montarme una excel en la que anoto los libros que leo cada año y voy sumando el total de páginas que me trago. Ayer le eché un vistazo y caí en la cuenta de que a quien más he leído este año es a Patxi Irurzun. Así que, siguiendo la máxima karateko-laportiana de dal sela pulil sela, voy a hacerle la rosca, pues ha aceptado con entusiasmo presentar mi Beautiful Rhodesia el próximo 16 de diciembre.

Compré hace tiempo Atrapados en el paraíso, Premio a la Creación Literaria del Gobierno de Navarra 2004 y lo devoré en marzo. Cuenta su viaje a Payatas, el vertedero de Manila, y a Nueva Guinea, lo que demuestra la preocupación social del autor por el lado más sórdido de la especie humana. Podría destacar la calidad de su prosa y blablabla, pero como de eso no entiendo demasiado, sí puedo afirmar en cambio cuánto me conmovió, tanto en la descripción de personajes como en la de ambientes y situaciones. Mención especial merece el personaje de Malen, su compañera, la más guapa del barnetegi en el que la conoció, y a la que deja plantada para irse a escarbar entre la basura, la real y la metafórica. Me parece preciosamente irónico y literario el sms que ella le manda a las 12 del mediodía del 6 de julio, nuestro primer txupinazo juntos, desde la otra punta del mundo.

Dios nunca reza, su último libro, podría considerarse una continuación de este Atrapados. En forma de diario, nos cuenta su verano de 2008, en el que Malen está ya embarazada de su segundo retoño, cambian de casa y Patxi es finalmente despedido. Una historia que no sería especialmente atractiva se convierte en una crónica apasionante y sincera sobre su vida, su trabajo, su amor y sus sueños de escritor. Y me encanta el realismo con el que cuenta su relación con Malen, a la que adoraba embobadamente en Atrapados y a la que ama y enfada, a partes iguales, unos años después. Vamos, vida de pareja en estado puro.

Y, finalmente, ¡Oh, Janis, mi dulce y sucia Janis!, que leí en vísperas de San Fermín, cuando todo nos parece genial y maravilloso, me dejó con la boca abierta. Un novelón que, siendo simplistas, podría calificarse de humorístico o porno, pero que esconde una preciosa historia de amor, una descripción de las miserias humanas y una crítica feroz de nuestra sociedad, la mundial y la pamplonesa. Me encanta la recreación de los 80 de esta gloriosa ciudad, con su borroka, su pijismo, sus punkis y mozorros a palos por Calderería, su rock radical vasco y su ombliguismo foral.

Para mí, Patxi y Laporte son dos de las referencias de la literatura navarra actual, esa locomotora a la que yo les pedí subirme un día y a lo que Patxi contestó que, si hacía falta, la desviaban hasta Rhodesia. Qué gran tipo, ¿no?

No soy el único que lo dice.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Literatura colonial portuguesa (II)

La costa de los murmullos es la cuarta novela, segunda traducida al español, de Lídia Jorge, autora nacida en el Algarve y que fue, durante años, profesora de literatura en las provincias de Angola y Mozambique.

La costa de los murmullos constituye un relato sobre la guerra colonial en Mozambique desde el punto de vista de las familias de los oficiales portugueses desplazados a aquel conflicto. Como he comentado otras veces, estamos muy acostumbrados a ver cómo los americanos volvían tarumbas perdidos del Vietnam, pero sabemos muy poco sobre cómo volvían los portugueses de África, hace poco más de treinta años. Me viene a la mente una entrevista a Lobo Antunes, en la que contaba cómo había visto jugar a fútbol a muchachos portugueses en Angola mientras hacían allí la mili. Los balones eran cabezas de prisioneros africanos.

Atrocidades como éstas también aparecen en la novela, que narra crudamente cuánto afectaron a los soldados lusos y a sus relaciones con sus familias y la población nativa.

Hace ya tiempo que la leí, pero dos imágenes me siguen viniendo a la cabeza al recordar este libro: las nubes de langostas y las muertes en los guetos africanos por culpa del alcohol adulterado, a orillas de aquel idílico Índico colonial. Todo ello como símbolo del contraste entre la cruel realidad que vive Eva Lopo, la protagonista, y la versión oficial del gobierno portugués.

Aquí os dejo el trailer de la película, de Margarida Cardoso.

martes, 29 de noviembre de 2011

Paesa

Dentro del póker de agentes secretos europeos, en el que destacan Philby o Burgess con sus actividades dobles o triples, Paesa se lleva el as de diamantes, como ha demostrado hoy saltando a los titulares de la prensa a sus 75 años.

En Sierra Leona le han pescado al tío. Dicen que intentando cerrar un trato en el mercado negro de las antigüedades, de la droga o de los diamantes. Asistido por su sobrino, nada menos. Qué tendrá esa familia.

El caso es que su carrera de embaucador al servicio de los gobiernos comenzó poco después de que Fraga Iribarne concediera la independencia a Guinea Ecuatorial. Allí trabajó para el Banco Nacional de Guinea hasta que intentó estafar al dictador Macías.

Paesa, en los 70, con la viuda de Sukarno (AGENCIAS/ABC)
De ahí saltó a Suiza donde continuó con su afición por las dictaduras del tercer mundo liándose con la viuda de Sukarno, expresidente de Indonesia.

De esa época datan también sus relaciones con los servicios secretos de la Europa comunista (lo que no le impidió también contactar con los de las dictaduras chilena y argentina) e intentó vender armas a Jomeini.

En los 80 dicen que toreó a ETA, al GAL y al gobierno del PSOE. Y que colaboró con los tres.

Su mayor golpe mediático fue la captura del exdirector de la Guardia Civil Luis Roldán, en Laos. Aparte de entregarlo a la justicia española, le birló, dicen, 300 millones de pesetas.

En 1998 publicó su propia esquela, tras su muerte en Tailandia, y encargó misas por el bien de su alma.

Años después reapareció, vivo, en París, donde ha llevado una jubilación discreta hasta que le han pillado, asesorando, en Sierra Leona.

Y luego algunos dicen que los personajes de John Le Carré no son creíbles. Desde luego, Miguel Arnaiz, que protagoniza Beautiful Rhodesia, va a parecer un aficionao.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Presentación de Beautiful Rhodesia



Pues sí, ya tenemos fecha y lugar para la presentación de la gran novela de estas navidades, Beautiful Rhodesia, ganadora del III Certamen de Novela López Torrijos. Será el viernes 16 de diciembre, a las 20.00 horas en la Sala Calderería, Calderería 11, en el burgo más antiguo de esta Iruñea nuestra.

Ya iremos dando información sobre el acto.

¡Os esperamos!


El cadáver de una joven vasca, hija del embajador español, es hallado en Harare, la capital de Zimbabwe. Miguel Arnaiz, ex guardia civil y agente del Centro Nacional de Inteligencia, recibe la orden de investigar las circunstancias que rodean esa muerte. Sandra Bokosa, detective de la Policía Republicana de Zimbabwe, es la responsable del caso y entre ambos se establecerá una compleja relación personal y profesional, en la que nada es lo que parece y en la que los dos agentes deberán someterse a los dictados de sus gobiernos, muy interesados en ocultar la verdadera naturaleza del crimen. Arnaiz afrontará la verdad con cinismo y llegará a destapar una de las más sorprendentes y menos conocidas rutas de huida de criminales nazis tras la Segunda Guerra Mundial, en la que además se vieron implicados diplomáticos españoles.

En un entorno donde aún perviven retales de la vieja supremacía blanca en el África Austral,
Beautiful Rhodesia constituye una reflexión acerca del pasado reciente y la situación actual del racismo todavía latente en esa región, recoge crudamente las conspiraciones implacables que pueden llegar a tejer muchos gobiernos para defender sus políticas y supone, finalmente, un viaje al decepcionado mundo interior de sus protagonistas.

No esperes a otoño

Allá lejos, en Fuerteventura, han fallado el I Premio de Relatos Corralejo. No esperes a otoño ha obtenido la condición de finalista, lo cual me anima en esta apuesta mía por la literatura de la igualdad, de la desigualdad, de la diversidad o de como queráis llamarla. Enhorabuena a las personas ganadoras y a la organización por la calidad de los textos recibidos. Y a mí mismo, joder.


No esperes a otoño

Los miércoles suelo ir a comer a casa de mamá. A mí me viene de perlas porque me libro de cocinar —y sobre todo de fregar— y a ella le hace ilusión que la hija pequeña vaya a verla, semanal y puntual. Su chiquitina que vuelve a casa pero como Dios manda, avisando. Bueno, eso me dice, supongo que para evitar que yo me sienta algo gorrona y para no parecer ella demasiado tonta.

Así es ella.
Y así soy yo.
A nuestros años.

Aunque, desde luego, a ver quién se resiste a ese aroma de pencas de acelga rebozadas que ya se capta nada más salir del ascensor, después de retocarte el lápiz labial y acomodarte la melena frente al espejo. Por favor, que también las haya enrollado en bacon crujiente y queso, y pordiós, que me espere una buena merluza en salsa verde con gambitas, huevo duro y puntas de espárragos, que hace semanas que no me la prepara. Y, de remate, la sublime leche frita.

Así es mi llegada a casa; a su casa, ya.
Con besos, con sonrisas, con caricias.
Con hambre.
Aunque al final dé lo mismo qué haya cocinado.

Qué tal por el barrio, qué tal por la oficina. Que si Paquita no sé qué, que si los Iriarte no sé cuántos, que si los del Ayuntamiento son lo que yo te diga, que si van a cerrar la tintorería de enfrente, que si mi artritis, que si vaya calor.

Que si la crisis.

Ésta es nuestra bendita rutina de comida semanal, aperitivo de un cortado descafeinado y, la mayor parte de las veces, de un chupito de hierbas.

Rutina, sí, bendita rutina.
Y tan bendita.

Porque una nunca está preparada. Nunca está preparada para recibir una noticia así. Como la de aquella tarde. El teléfono sonó justo cuando nos sentábamos a ver El Tiempo, ella despotricando porque nunca aciertan, porque siempre llueve cuando anuncian sol. Yo despotriqué aún más por no estar el teléfono portátil a mano y tener que, hija solícita, correr hasta el pasillo a descolgar.

Del hospital.
Mi hermana.
Su coche.

A partir de ahí, la nube que te envuelve, el mirar sin ver, la necesidad de atrapar el aire sin lograrlo, como pez lejos del agua, abrazarse a mamá, a familiares, a amigos, a amigas, preparar la cremación, tener listos los papeles.

Me quedé dos o tres noches a dormir en su casa. No sé quién necesitaba más compañía, quién necesitaba más a quién. Ella, la jubilada, media vida viuda, fuerte, guerrera e independiente; yo, la pequeña, la demasiado mimada durante tantos años, por mi madre y por mi hermana, por la vida en general. No llegué a oírla llorar. Y yo hice lo posible y lo imposible por que ella no me oyera a mí.

Tras aquellos días de tristeza compartida y dolor, de tanto dolor gris y melancólico, callado y paralizante, quise asumir la responsabilidad de intentar pasar página. De tirar hacia adelante. Alguien debía hacerlo y no quería que fuese, una vez más, mi madre. Me tocaba, por fin, a mí, que ya era hora.

Me hice cargo de la casa de mi hermana. Bueno, de su estudio, una buhardilla más bien, un quinto sin ascensor, una escalada agotadora, que no iba yo a visitarla por no echar la pela en cualquiera de aquellas viejas escaleras de madera quejosa.

Tocaba ordenar.
Su ropa, sus libros, sus discos.
Sus zapatos.
Sus fotos y todos esos recuerdos tan horteras que recopilaba en sus viajes.
Sus pinturitas y sus perfumes.
Toda su vida.
A guardarla en cajas.

El casero me había dado un mes, pero tampoco quería alargar aquel trance. No era necesario. Si podía recoger y empaquetar en dos tardes, mejor que en tres. Eso sí, constantemente envuelta, rodeada de su aroma, de su presencia ausente.

En la mesita baja de mimbre que estaba frente a la tele, revistas y revistas, de moda, de viajes, sobre todo de viajes, con esas portadas de aguas critalinas, de desiertos infinitos, de cumbres nevadas, de dioses desnudos de mármol griego, de safaris persiguiendo al fantasma de Finch Hatton por las colinas de Ngong.

Revistas de viajes, revistas de sueños.

En el último cajón de su cómoda, el secreto de su intimidad. No, no eran sus bragas, no, ni sus tampones. Eran cartas, cartas de amigos, de amigas, incluso alguna mía. Ella no quería saber nada de ordenadores ni de mails ni de messengers, quería cartas, cartas y más cartas y, por Navidad, christmas que poner a los pies del Niño Jesús rechoncho y sonrosado que nos regalaron las tías.

Abrirlas, leerlas. No abrirlas, no leerlas.
Mi duda.
Mi tortura.

Algunas liadas con gomas elásticas, en sus sobres, postales guardadas en carpetas de cartulina azul, cartas atadas con cintas perfumadas de olores y colores. Al final, todas metidas en cajas y apiladas en mi trastero, escondidas tras aquellos cuadros tan horrorosos que pinté de joven, temerosa de parecerle odiosamente cotilla si las leía, temerosa de perderla para siempre si las tiraba al contenedor de papel y cartón.

Al vaciar su mesita de noche, la que soportaba aquella espantosa lámpara con Buda incluido que vete tú a saber dónde compró, el estómago se te da la vuelta, las manos te tiemblan y te sudan y tienes que sentarte sobre su colcha de ganchillo, aquella que le hizo mamá.

Un diario.
Su diario.

Yo también empecé uno, de cría, claro, cuando descubrí la historia de Ana Frank, de su querida Kitty, lo del desván y la Gestapo. Supongo que a todas nos pasaba igual.

Pero tú seguiste, hermanita.

Y aquí me dejas todos estos cuadernos, que no me atrevo a esconder en el trastero, junto a tus cartas, detrás de esos cuadros míos tan horrorosos. Todos estos cuadernos, que son una tentación, la tentación de llegar a tu corazón, una puerta abierta a ese corazón que nunca mostraste a tu familia ni al resto de gente a la que querías, a la gente que tanto te quería.

Y ante mí surgen tus frases, las últimas, garabateadas hace unos pocos días, las frases que tantos años hemos intuido, dedicadas a tu amiga del alma. Te quiero, Marta, te quiero, no puedo vivir sin ti. Cuando vuelva a estar entre tus brazos, en otoño, te lo susurraré, por fin.

No debiste esperar al otoño, hermanita.
No debiste esperar.

Y yo debería descolgar el teléfono ahora mismo y decirle de una puta vez lo que siento a la persona que amo.